Ayer realizé el trasvase de la cerveza de un fermentador a otro, dejando así las impurezas y restos del mosto en el primero. Hice dicho proceso porque así venía recomendado en las instrucciones del kit de malta que compré.
El objetivo del trasvase es reducir la turbiedad de la bebida y clarificarla, dejando aparte precipitados y restos del grano. Pero esto alberga un cierto riesgo. El principal es que al abrir el contenedor puedes contaminar el mosto, por lo tanto hay que extremar la higiene. Por otro lado se puede producir una parada en el proceso de fermentación ya que también eliminas levaduras. De hecho, en las anteriores cervezas que hice no realicé el trasvase hasta el día del embotellado.
Cuando abres un contenedor que lleva varios días fermentando no diría que el olor que se percibe puede hacerte recordar aromas exóticos, que te embriagarán trasladándote a un universo de sensaciones mágicas. No. Un fermentador recién abierto huele a RAYOS. Por lo tanto no hay que asustarse por la bofetada de alcohol concentrado que te da en la cara cuando lo haces por primera vez. Eso tan asqueroso después se refinará en una estupenda cerveza espumosa y fresquita.
Os dejo un vídeo de cómo fue el proceso. ¡Ya queda poco para el embotellado!
El proceso de fermentación de la cerveza se caracteriza principalmente por la conversión del azúcar en alcohol y CO2 gracias a la actuación de las levaduras. Durante las primeras 24 horas es un proceso bastante virulento (como se pudo ver en mi anterior entrada) y con el tiempo este va perdiendo fuerza hasta detenerse. Las levaduras van muriendo lentamente y el nivel de alcohol generado se estabiliza. Cuando esto sucede ha llegado la hora de embotellar.
Primera toma. Se puede
observar la densidad
original en
1048
Pero, ¿cómo medimos esa actividad? Para ello usaremos una herramienta que suele venir en los kits de cerveza para principiantes. Es el densímetro. Aunque parece un termómetro es solamente una pieza de cristal con un peso incluido que se introduce en una probeta con el líquido que va a ser medido. Su escala indicará cuál es el nivel de densidad del mosto (el nivel de alcohol en agua). Cuanto más alcohol haya en el agua, menos densa será esta. De este modo, en el momento que veamos que la medida no cambia (suele ocurrir a la semana de poner a fermentar la cerveza) ha llegado el momento de embotellar.
Siempre se recomienda medir una muestra justo antes de añadir la levadura y tapar el fermentador. Esta suele estar entre los puntos 1050 y 1040. A lo largo de la semana estas cifras variarán y llegarán hasta los 1010 aproximadamente. Cuando terminé el sábado pasado la muestra me indicó 1048. Hoy, dos días después, su nivel ha bajado a 1019. Esto indica que todo va bien por ahora.
Aunque esto parece un tostón, estas mediciones son importantes para determinar el nivel de alcohol de la bebida. Así que tomando la densidad original (la primera medida antes de añadir la levadura) y la densidad final (la que indique el día de embotellado), y la siguiente fórmula matemática
"¡Está vivo!, ¡Está vivo!" exclamaba el doctor Frankenstein cuando descubrió que su experimento de crear vida a partir de tejidos muertos daba resultado. Pues esa es la sensación (más o menos) cuando uno se levanta por la mañana y se acerca a su bidón fermentador y descubre que las levaduras se han reactivado y están devorando frenéticamente todo el azúcar del mosto. Como consecuencia, por un lado se crea alcohol (el cual reducirá la densidad original del líquido) y por otro CO2 que es expulsado por el "airlock".
Esto no asegura que el producto final sea bebible, pero si actúa la levadura es que la cocción de la malta ha dado su resultado y no se han quemado los azúcares y proteinas.
Dentro de unos días sacaré una muestra y ya veré si va todo bien.